EVANGELIO DEL DOMINGO
"Te seguiré donde quiera que vayas". San Lucas 9, 51-62.

martes, 13 de septiembre de 2016

NO LLORES, EL PROFETA DE LA COMPASIÓN

“El Evangelio de Hoy”: Lc 7, 11-17.

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: "No llores." Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: "¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!" El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: "Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo." La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera. Palabra del Señor.

REFLEXIÓN

Naín es una pequeña comunidad a la que Jesús va a vivir su misión de anunciar la Buena Noticia. Allí se encuentra con una tragedia humana que le llama mucho a la atención: una viuda que tenía un solo hijo y que ahora llevaban a enterrar. Por cultura general, ya sabemos que la sociedad de aquella mujer estaba controlada por los hombres y que ahora esta quedaría sin protección del todo. Por eso la mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella? ¿Qué actitud asume Jesús frente a esta situación? “El Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios. La mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: “No llores”. Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir. No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús “lo entrega a su madre” para que deje de llorar.

Este trozo del Evangelio no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Nos invita a ver en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente. Somos urgidos a recuperar la compasión como estilo de vida cristiana, la sensibilidad efectiva frente a los que padecen una necesidad o cruzan por un sufrimiento: “Sed compasivos como su Padre es compasivo”. ¿Qué hacemos hoy para aliviar el sufrimiento, aunque sea, de una persona?

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