viernes, 8 de agosto de 2014

SI TUVIERAN FE, NADA SERÍA IMPOSIBLE

El Evangelio de Hoy: Mt. 17,14-20

Lectura del santo Evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: «Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.»
Jesús contestó: «¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo los tendré que soportar? Tráiganmelo.» 
Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. 
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?»
Les contestó: «Por su poca fe. Les aseguro que si fuera su fe como un grano de mostaza, le dirían a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada les sería imposible.»
Palabra del Señor

Reflexión
Como cristianos, reconocemos que Jesús es el Maestro y nosotros sus discípulos. Y que en la escuela del discipulado hay que seguir la pedagogía del que pasó sanando y haciendo el bien. Es la manera concreta de asimilar la enseñanza del Maestro, que no reduce el aprendizaje al puro conocimiento de verdades abstractas o sobrenaturales. Jesús enseña con la vida y para la vida. Su palabra está hecha de gestos compasivos, de acciones salvíficas, de cercanía acogedora que libera de todos los condicionamientos que impiden vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Y sin embargo, los discípulos se dan cuenta de la distancia que les separa de la actividad salvífica de Jesús y preguntan por la incapacidad propia para estar ellos también generando vida. La respuesta de Jesús va al punto de la cuestión: no tienen fe, ni siquiera la del tamaño de un granito de mostaza. Si tuvieran al menos esa fe, moverían montañas. Les bastaría para hacer cambiar tantas situaciones deshumanizantes, para movilizar lo mejor de ellos que se esconde en su pequeñez; una fe que pone en movimiento, que genera vida, que mueve hacia la transformación personal y comunitaria.
También nosotros reconocemos nuestra pequeñez, pero sabemos que hay un potencial de vida cuando avanzamos en el seguimiento de Jesús. Y sabemos, además, que no hay excusas para una fe anémica, desinteresada de la situación de los más débiles y desfavorecidos de nuestro mundo. La fe en Jesús dinamiza lo mejor de nosotros, nuestras iniciativas, nuestra creatividad, nuestra capacidad de poner en común los talentos que se nos han dado. 

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